Dogma 95: huyendo de lo convencional
El 20 de marzo de 1995 en París, durante el acto conmemorativo de los cien años del nacimiento del cine, el director danés Lars Von Trier convocado como ponente para hablar sobre el futuro del cine, anunció a todos los asistentes del Odéon Théatre de L’Europeque, que él mismo junto a su colega Thomas Vintenberg, habían constituído un nuevo movimiento cinematográfico basado en un manifiesto que ellos dos habían redactado. El movimiento se denominó “Dogma 95” y con él se buscaba una visión objetiva del relato cinematográfico intentando alejarse lo máximo posible de la manipulación.
En danés, la palabra dogma puede traducirse como fundamento de todo sistema, ciencia, doctrina o religión. Podría decirse que el movimiento Dogma 95 establecía una serie de pautas para constituir un nuevo cine, uno que buscaba el retorno a los fundamentos clásicos de grandes realizadores como Ingmar Bergman o Sergei Eisenstein. Lars Von Trier al definir la posición del movimiento defendió que “ante la evidente democratización del medio (cinematográfico), nosotros debemos conformar la vanguardia, debemos vestir nuestras películas con uniformes de guerra, debemos ser los militantes del cine”. Si echamos una mirada un tanto catastrofista a la trayectoria comercial del cine Europeo y Americano desde los años setenta hasta los años noventa, podríamos asegurar que:
En el cine de la década de los años setenta, figuras consagradas como Sidney Lumet, Luchino Visconti, Roberto Rossellini, Andrei Tarkovsky o Billy Willder se trasformaban en sombras. En 1977 llegó George Lucas y Steven Spielberg, que llevaron a la década de los ochenta la fiebre de los efectos digitales, aunque les acompañaban otros como Woody Allen y Stanley Kubrick con sus brillantes relatos. Ya en los noventa, las “mayors” movían grandes cantidades de dinero gracias a la explotación de franquicias mediocres, violentas y vacías. Unos pocos directores como los hermanos Coen o Ang Lee, crearon una corriente “independiente” que buscaba el compromiso y la reflexión por parte del espectador; intentando así huir del propio Hollywood.
“He constatado que nadie hasta el momento se preocupaba verdaderamente por el futuro del cine. (…) Los directores hablan sólo de sus ideas personales, pero no se interrogan sobre el medio cinematográfico”
Lars Von Trier “Il Castoro Cinema” (2001)
El punto más importante y de mayor repercusión y controversia es el llamado “voto de castidad”. Un escrito que se compone de “diez mandamientos” redactados entre Trier y Vintenberg en lo que debieron ser menos de 45 minutos (según declaraciones de éste último). El manifiesto es el siguiente:
La adecuación a estos diez mandamientos debía ser absolutamente estricta ya que todo film que optara a la categoría de Dogma 95 debía ser calificado como tal, por una entidad específica que juzgaba los contenidos y técnicas que estructuraban la película. En caso de que ésta cumpliera los requisitos, se expedía un certificado que acreditaba a la misma de formar parte del movimiento, de hecho, varias películas fueron rechazadas por no estar sujetas a los mandamientos.
Tras diez años en funcionamiento, en junio de 2005 la autoproclamada “vanguardia” Dogma 95 calló por su propio peso, lo que ellos comunicaron así: “El manifiesto Dogma 95 se ha convertido en una fórmula genérica, lo cual nunca fue nuestra intención. Como consecuencia de ello detenemos nuestra mediación e interpretación de cómo hacer films Dogma y cerramos el Secretariado”. Es reseñable que incluso la página web oficial del movimiento Dogma 95 fue clausurada, es imposible acceder a ella.
En esos diez años fueron 43 las películas que obtuvieron el certificado Dogma, cada una de ellas está numerada según su ingreso. Juán Pinzas es el único director español que logró el certificado Dogma para su trilogía: Dogme # 22: Era Outra Vez; Dogme # 30: Dias de Boda; Dogme # 31: El Desenlace. No es extraño que Dogme #1: La Celebración, y Dogme #2: Los idiotas, sean películas dirigidas por Thomas Vintenberg y Lars Von Trier respectivamente; lo interesante es que jamás volvieron a hacer una película dentro del movimiento. Cierto es que ambos desarrollaron sus estilos más allá de Dogma 95, sin olvidar premisas que irían aplicando y perfeccionando en sus sucesivas películas, pero fueron incapaces de volver a dirigir un film que se ajustara a los mandamientos que ellos mismos habían establecido.
Dogma 95 ha sido sinónimo de controversia. Desde su presentación en París las opiniones y discusiones que ha motivado son muy variadas. Algunos califican el movimiento como una estratagema publicitaria que encumbró un método de hacer cine mediocre y en ocasiones pedante. Otros por su parte, aseguran que realmente supuso una vanguardia capaz de remover los cimientos de la creación audiovisual. Es innegable la influencia que Dogma 95 ha ejercido sobre la técnica de narración y grabación de muchos films, pues logró romper con muchas convenciones y sugirió alternativas posibles. Es la carga ideológica la de mayor calado, más allá de “votos de castidad” fue su afán de rebeldía y autosuficiencia frente a una industria cada vez más monopolizada y encasillada, lo que hizo que algunas de sus premisas hayan trascendido más allá del manifiesto que dos directores redactaron en 45 minutos.

